No quiero volver

No hay nada mejor que un café con amigas y si tienen hijos o nietos mucho mejor pues te cuentan sus aventuras y desventuras por no decir que es del único tema que hablan, una vez se es madre o abuela los temas se reducen a uno solo; en cambio los padres y abuelos siguen teniendo pluralidad de temas; pero me centraré en el tema de hoy. Como no podría ser de otro modo y por la edad de todas nosotras, alguna dijo “Si tuviera 20 años…” yo le contesté que no volvería a ninguna edad anterior y que si lo hiciese sería a los cuatro o cinco años, esa edad en la que no tenías responsabilidades más allá de cuidar de tus objetos personales, de escribir bien la caligrafía, de hacer bien las sumas y sobre todo de jugar, jugar mucho en la calle con los vecinos sin estar tus padres vigilándote.

Todas coincidimos en que ahora sería impensable dejar a los niños en la calle, apenas hay espacio para coches y peatones cuanto menos para jugar y hay que desplazarse al parque más cercano y aquí empiezan las polémicas y todas las abuelas se revolucionan pues no solo cuidan de sus nietos en casa si no también en el parque y no pueden ir a cualquier parque. Los padres de los niños les exigen que vayan a parques concretos, ya no funcionan los parques tradicionales donde caías del tobogán en un cajón de arena y podías volver a casa con las rodillas marcadas; ahora deben ir a parques donde los niños caigan del tobogán en una plancha de gomaespuma o corcho u otro material indoloro, como podemos ver los niños actualmente no deben sufrir un pequeño escozor si caen en arena o directamente en el suelo, los niños de hoy en día serán niños de cristal que no deberán romperse nunca por lo que se debe estar constantemente encima de ellos.

Uno de los parques más llamativos es el del Dragón de Mondragón, municipio de Guipúzcoa, la verdad es que es llamativo y confortable tras él se van diseñando otros parque similares; por el contrario hay padres que eligen para sus hijos guarderías donde en el patio hay tierra y barro si llueve, con charcos donde pueden meterse y rebozarse de barro, tal vez porque se han dado cuenta que los niños están viviendo un mundo irreal donde nunca te manchas, nunca te caes y si lo haces, caes en un material confortable, donde si llueve no se sale a la calle, donde si hay muchos niños se busca otro parque pero no se espera porque se busca la inmediatez.

Se están creando parques encorsetados donde la imaginación juega un papel nulo, donde se concentran un gran número de “reinas y reyes” donde no hacen falta cámaras de seguridad porque allí están padres y abuelos observando sin respirar los movimientos de los más pequeños.

Reflexión: los niños actualmente no conocen el sentido de resiliencia, por supuesto controlada, recordando que según la RAE la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos; para nuestros niños de hoy no hay nada adverso, sin pensar los padres que cuando lleguen a la adultez se encontrarán las adversidades sin buscarlas y no sabrán responder a ello y entonces llegará el momento de la frustración. Dejemos que los niños sean libres, que se caigan y se levanten, llevar una tirita en la rodilla no es nada perverso, no podemos mantenerlos en una burbuja y es lo que se está practicando hoy en día. Nos vemos

Fotografía de Carlos Cazurro.

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1 comentario

  1. Muy interesante Pilar!

    Justo estas Navidades pensaba lo diferentes que son los parques de Suiza si los comparo con los de España.

    En Suiza, los parques infantiles todavía son “a la antigua usanza”, es decir, incorporan todo tipo de artilugios para columpiarse, balancearse o deslizarse sobre suelo de piedritas, arena o césped, según la zona. Así, es habitual ver a niños de todas las edades rodando por el césped, rebozándose por la arena, arañándose las manos con las piedras… y sí, acaban con algún que otro corte/arañazo/rasguño pero felices y contentos.

    También me llama la atención la presencia de árboles y cómo los niños trepan y se cuelgan de las ramas y saltan… probando sus propios límites y tomando riesgos, con mayor o menos acierto.

    Como mamá, me asusta que mi pequeño se haga daño, pero casi me asusta más que no aprenda a medir riesgos, a diferenciar entre peligroso y seguro o, como dices, a simplemente adaptarse al medio. Como me dijo una buena amiga, “qué es lo peor que puede pasar? Que se rompa un brazo? Estamos en Suiza, solo tendremos que llevarlos al hospital”

    Como toda la vida…

    La sobreprotección nunca trae nada bueno!

    Un besito,
    Sara

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